Nuestra Señora del Rosario de Pompeya






Según una venerable tradición, Santo Domingo de Guzmán habría recibido de manos de la Virgen María, el rosario, del que sus frailes serán celosos propagandistas. Prueba de ello son las innumerables iglesias en todo el orbe cristiano donde podemos encontrarnos con una escultura, un cuadro, altar o capilla ilustrando este episodio. Desde el siglo XX, la imagen de la Virgen del Rosario de Pompeya, con Santo Domingo acompañado de Santa Catalina de Siena, ha dado la vuelta al mundo.
El rosario es uno de los últimos atributos iconográficos del Santo Patriarca. De manera sublime podemos contemplarlo en este cuadro. Todo arranca de una leyenda medieval, posiblemente de la época en que Santo Domingo predicaba en los alrededores de la aldea de Prulla, hace ahora aproximadamente 800 años. El nacimiento de la devoción del rezo del Rosario, depende de la tradición del pueblo, transmitida de generación en generación, prolongada por los frailes dominicos, y enraizada en las Cofradías o fraternidades del Rosario.
En la presente pintura se nos presenta a la Madre del Señor sentada sobre un trono de gloria con su Hijo sobre las rodillas, haciéndole entrega a Santo Domingo -acompañado de Santa Catalina- de un gran rosario. El artista cristiano ha asumido de la tradición popular el atributo iconográfico propagando la idea de que la Virgen María se le apareció al Fundador de los Predicadores con un rosario a fin de encomendarle su rezo y difusión.
La contemplación de esta obra de arte invita a entrever cómo entre María y Domingo hay un intercambio de miradas que expresa entrega, súplica y alabanza por parte de Domingo, y de parte de María, un profundo amor por éste. Pues sin duda, Domingo y sus primeros frailes, amaron y veneraron a la Bienaventurada Virgen María. Sabemos que se dirigieron a Ella como a Madre de Misericordia; y cantando sus alabanzas y loores, le confiaron su ministerio y las almas de cuántos acudían a ellos. La confianza de la Orden en la Madre de Jesús se apoyó desde el principio en la firme creencia de su eficaz intercesión dando por seguro que la plegaria de los hermanos y hermanas era escuchada con solicitud maternal.
Otra figura de capital importancia con la que nos obsequia esta bella pintura es la de Santa Catalina de Siena. La encontramos en una actitud contemplativa; ella no mira a Jesús, no mira a María, está en oración profunda. Jesús Niño la contempla como hija muy amada, haciéndole entrega del Rosario. Esto significa la predilección de Jesús por Catalina, al mismo tiempo que se vislumbra un sentimiento de complacencia por la labor que ella va a llevar a cabo en la Iglesia, en la sociedad y en el hogar familiar. Pensemos que Catalina será uno de los miembros más destacados de la Orden Tercera de Santo Domingo. Aquí la contemplamos como verdadera buscadora de la Verdad, que es Cristo y su mensaje; por ello va a ser para nosotros foco de luz que ilumine la devoción rosariana mediante la contemplación de los misterios de la vida de Jesús. En definitiva, el Rosario es para la Orden de Santo Domingo, una plegaria que late al ritmo de nuestro carisma, definido en cierta manera como “contemplar y dar a los demás el fruto de nuestra contemplación”.
La Orden de Predicadores ha querido propagar –y quiere hacerlo también en la actualidad- el Rosario de la Bienaventurada Virgen María. La piedad popular, en efecto, reconoce en Santo Domingo el “fundador” del Rosario, el arte cristiano así lo ha representado desde hace siglos y el Magisterio de la Iglesia lo ha ratificado: “La historia del Rosario muestra como ésta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido?” (Juan Pablo II. Rosarium Virginis Mariae, 17)
Sor Margarita del Espíritu Santo, OP
Monasterio de Santa Ana. Murcia.
fuente : Murcia Nazarena

En la ciudad de Buenos Aires, el Santuario  dedicado a Nuestra Sra. de Pompeya, Parroquia de Nueva Pompeya, está ubicado en la intersección de la Av. Saenz con la calle Esquiú.
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Virgen del Pilar



Historia de la Virgen del Pilar

La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.
Los documentos dicen textualmente que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso".
En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".
Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.
Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza.  El mas antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.
Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, "donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente", cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.

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Nuestra Señora de la Confianza


El 25 de junio de 1697, un hogar católico en la Ciudad Eterna celebraba el nacimiento de una hija. No imaginaban los felices padres que la Divina Providencia había destinado a esa pequeña niña para ser el noble instrumento de sus manos con el fin de introducir en la Iglesia una de las más hermosas advocaciones de la Santísima Virgen: "Madonna della Confianza" (Nuestra Señora de la Confianza).
Siendo aún joven, Clara Isabella Fornari se hizo religiosa y llegó a ser la venerable abadesa del convento de las Pobres Clarisas de San Francisco en la ciudad de Todi, Italia.
Ella adoptó desde el principio una severa vida de penitencia y soportó valientemente pruebas indecibles durante muchos años.
La hermana Clara también nutrió una muy especial devoción a la Virgen María, que dejó representada en cuadros sagrados que la talentosa sierva de Dios pintó con sus propias manos.
Muchos de los cuadros de la "Madonna" de la hermana Clara -ya sean las copias o los originales- circularon ampliamente debido a que su confesor los entregó a amigos y conocidos. Los que recibieron los cuadros encontraron siempre auxilio en sus necesidades.
Hasta su muerte en olor de santidad en 1744, la hermana Clara siempre mantuvo consigo un cuadro oval que retrataba la maternal figura de la Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos. Muchas gracias extraordinarias se han atribuido a este cuadro, que permanece en la ciudad de Todi. Especialmente beneficiados fueron los enfermos que recurrieron a la intercesión de la Madre Santísima delante del cuadro.

Madre mía, Confianza mía
Una copia de este cuadro se venera actualmente en el Seminario Mayor de Roma, cerca de la Basílica de San Juan de Letrán. La imagen dio origen a una devoción de la Santísima Virgen, bajo el título de Madre de la Confianza. Esta conocidísima reproducción de Nuestra Señora de la Confianza llegó a la capital de la Cristiandad acompañada por la copia de un documento escrito por la Sierva de Dios con una promesa para todo aquel que venerara la imagen.
El seminario ha mantenido siempre a la imagen en gran estima. Los estudiantes que recurrieron a ella en sus necesidades más apremiantes, fueron siempre atendidos por Nuestra Señora.
Durante la Primera Guerra Mundial, la Santísima Virgen protegió a más de 100 seminaristas que habían recurrido a Ella con redoblada confianza. Muchos seminaristas fueron enviados a la guerra y hay numerosas cartas escritas desde el campo de batalla reconociendo las maravillas realizadas por la "Madonna" en aquellos que habían pedido su intercesión.

La Promesa
Las más grandes gracias reservadas para todos aquellos que tienen esta devoción, están contenidas en la promesa de la Santísima Virgen a la venerable hermana Clara Isabella:
"La divina Señora se dignó revelarme que cada alma que con confianza se presente delante de este cuadro -teniendo verdadero dolor y arrepentimiento- experimentará la contrición por sus pecados y obtendrá de su Divino Hijo el perdón. Más aún, mi Divina Señora me aseguró, con el amor de una verdadera madre, que garantizaría una especial devoción hacia Ella, a todos los que contemplaran esta imagen".
La devoción a la “Madonna della Fiducia” se muestra particularmente benéfica cuando se reza la jaculatoria “¡Madre mía, confianza mía!” Muchos son aquellos que se fortalecen en la confianza, o la recuperan, apenas por contemplar esa bella pintura, sintiéndose inundados por la mirada materna, serena, cariñosa y alentadora de la Reina del Cielo.
Y el Divino Niño, también observando al fiel, apunta su índice a la Santísima Virgen, como diciendo: “Colóquese bajo su protección, recurra a Ella, sea enteramente de Ella, y Ud. conseguirá llegar hasta Mí”.

fuente: santisimavirgen.com.ar